martes, 8 de diciembre de 2009

OTRO CUENTO CORTO PARA PERSONAS APURADAS

. . Solo he tenido dos vecinos interesantes, como para agarrar los anteojos de larga vista y espiar. Al primero, lo acompañé desde la distancia en los últimos años de su vida. Era un ancianito solitario. Supe de la llegada de su primera cuidadora: una mujer Mapuche muy hacendosa, luego el cambio a una mujer mas joven que salía a fumar al balcón y coqueteaba con los guardias del edificio. Me di cuenta cuando dejó de caminar, cuando lo sacaba en brazos al balcón a tomar el sol del otoño y finalmente el día del invierno en que por primera vez vi sus familiares. Revisaban los cajones, discutían, fumaban dentro de la casa. Su departamento se llenó de visitas, solo el día que murió. Al otro día solo quedaban en la basura: su colchón muchas veces asoleado y muchas cajas de libros. El resto se lo habían llevado todo. Tuvimos solo un contacto visual: se había dado cuenta que lo espiaba, claro, era como ver a través de la ventana del tiempo. Un día de verano que me asomé a la ventana con los anteojos de larga vista, el estaba recostado en una silla de playa, tapado con una frazada a cuadros rojos y negros. Metió lentamente la mano debajo de la manta roja con negro y súbitamente sacó unos anteojos de larga vista nuevos y apuntó directo a mi ventana. Me atrapó de repente, alcancé solo a ver su sonrisa centenaria y unos pequeños ojos azules y me escondí detrás de las cortinas. No volvimos a vernos. Mi ve cino a quien puse Guillermo, había aprendido a entretener su vejez, espiando por el barrio. Pero en estos días ha llegado un nuevo vecino, primero exploró el barrio: lo veía pasar de un lado para otro, apegado a los edificios o por el centro de los callejones. Subía y bajaba, de un lado para otro. A veces raudo otras lento, siempre silencioso. Daba un giro rápido y se perdía en las luces y sombras de las casas. Estaba conociendo las corrientes de aire del barrio, estaba viendo si era un barrio que le acomodaba, si le agradaba y si le convenía. Le gustan las corrientes de aire, con cierta temperatura cuando se elevan y las ráfagas de viento de alta velocidad son de su agrado, aunque lo desestabilizan un poco pero sirven a sus fines. A veces duerme en un piso a veces en otro. Siempre prefiere el Sur, tal vez eso lo protege del fuerte viento por la noche cuando descansa. Prefiere los pisos altos: o duerme en el 23 o en e 25. Y siempre números impares, no sé porqué. Con su sola presencia desaparecieron las palomas que alborotan las madrugadas. Se fueron como por arte de magia. Nos ha liberado de sus arrullos y aleteos matinales. Ahora se puede dormir por las mañanas. Hasta los zorzales que tienen un vuelo rasante por el suelo o entre los árboles - por lo tanto mas difíciles de atrapar - le temen. Sus cantos de amor de primavera, ahora se escuchan solo en la noche cuando el duerme, iluminados por los faroles de los jardines o las luces de la calle. En el día se callan. Le temen, lo conocen, desde el principio mismo de la evolución. Hay noches que duerme afuera. Con los lentes lo busco por todos las salientes del edificio del frente, que es donde vive. Cualquier saliente puede ser un buen refugio para dormir. Pero no aparece por ninguno. El se divierte explorando, yendo y viniendo. Está instalando acá su nuevo coto de caza, con un observatorio panorámico. De acá domina todo el panorama, como desde un árbol gigante o una montaña de piedras. A veces a desaparecido por varios días, pero vuelve. Claro debe seguir el destino que su nombre le impone. Mi nuevo vecino es un pájaro y es Un Halcón Peregrino.

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