Intrigas de amor en isla Santa Cruz
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La mujer era bella, morena de generosas caderas, linda cintura y pequeños pero firmes pechos a los que sacaba provecho con un corpiño apropiado, por lo cual sus pechos aparecían como prominentes frutos tropicales a través del generoso escote de su apretada camiseta rosada. Encima una blusa blanca con la cual jugaba a ocultarlas y mostrarlas, en un juego que distraía y enloquecía al capitán del veloz yate que cruza de isla Isabela a isla Santa Cruz.
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Sin otra intención que observar la enorme masa azul oscuro del agitado mar, me colé al otro lado del capitán con la total inocencia de un turista despistado.
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A medida que el yate cruzaba el océano, entre tiburones martillo, tintoreras, y grandes tortugas verdes, el capitán se distraía mirando sus pezones cada vez mas duros por el frío y excitados por la inquietud que le producían al capitán.
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A medida que avanzábamos a saltos y golpes por el océano azul oscuro, espantando gaviotas de cola bifurcada, piqueros de patas azules y enormes albatros que seguían al barco por si escapaba algún pez a su alcance, el juego de seducción seguía por el otro lado del capitán. La blusa se abría con el viento y cuando el capitán desviada la mirada de la ruta y las grandes olas, la mujer se acomodaba el cuello y ocultaba a las prisioneras a punto de salir a la libertad y a refrescarse en el húmedo aire marino de Las Galápagos.
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Que ganas de preguntarle su nombre, porque ahora la estoy viendo acá al frente mío en el restaurante frente a la bahía, está con su marido y unos hoteleros rubios y colorados que hablan una jerigonza de la cual se extraen algunas ideas en español. Hacen negocios para llevar turistas de pesca por alta mar. Hablan de medidas de seguridad, cadenas, anzuelos, ganchos, aparejos. La mujer toma notas. Al lado de ellos una mujer madura, la experta en negocios y esos temas de pesca y turismo. Deben ser madre e hija. Morenas con rasgos locales. También debió ser bella. Ahora prima el negocio y las temporadas. Se apartan un rato del grupo con la excusa de elegir un postre. Quedan muy cerca de donde estoy. Escucho el precio por todo. No les gusta ningún postre y vuelven a la mesa. Acuerdan el precio, se despiden, toman sus celulares y comienzan a armar el próximo viaje para turistas americanos.
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El capitán inventó maniobras. Llamó al ayudante y le gritó que la carga ( personas ) estaba desequilibrada. El hombre le grita " ya tengo todos los gordos para un solo lado " entonces le pide a la mujer que se apegue mas a su lado. Con el ruido de los 2 motores, del viento y el agua que salta como cascadas por los lados, no escucho lo que hablan, pero la mujer se apega al hombre con la excusa de equilibrar la carga.
Se tocan las piernas. Se apartan y separan al ritmo de las olas y los corcobeos de la nave. Abajo del puente de mando, los turistas se baten para un lado y para otro. A una francesa se le descompone el estomago, vomita por la popa, el contenido se esparce en goterones espesos sobre los gordos, unos turistas transandinos con camisetas albicelestes, que rato antes coqueteaban con la turista mareada. El capitán está ajeno a la hecatombe que ocurre abajo, porque siempre sucede cuando está llegando la corriente de Humboldt a las Islas. El mar se pone frío y bravo, los pasajeros tratan de dormir para calmar el mareo, pero las sacudidas y golpes los trae de vuelta al mar de las intrigas.
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Otra maniobra que hace es dar golpecitos cortos y bruscos al timón y luego lo suelta, el yate se sacude y la mujer se bambolea a su lado y la blusa se abre y se cierra al ritmo de los golpes del timón y de las olas.
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No supe el nombre de la morena, sale lentamente del restaurante de la Bahía, con su Marido de la mano. En la otra mano un celular y va hablando, contratando tripulantes para el viaje acordado. Al otro lado la madre con una carpeta anota y en su celular anota números y letras.
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En el muelle flotante, entre la muchedumbre de turistas ansiosos por embarcar a Isla Isabela está la morena, con su ajustada camiseta rosada. Esperando el yate de regreso de Isla Santa María a Isla Isabela. Entre la alocada fila de turistas y viajeros de todos los lugares, hay un grupo de niños en gira por la salida de la escuela primaria, se encaraman rápidamente al puesto de mando cuatro escolares ansiosos de disfrutar al máximo el cruce , flanquean al capitán, dos por ambos lados, ya no queda mas espacio a su lado.
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El capitán mientras da instrucciones por radio, solicita autorización para el zarpe, mira hacia el muelle y se encoge de hombros, hay una mirada de complicidad al ayudante que acomodaba a los gordos y también se encoge de hombros.
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Abajo la morena toma su bolso con calma, sonríe y regresa a Isla Isabela en la cubierta de abajo. Sabe que entre nuevas idas y vueltas en este interminable ciclo de turistas de todas las razas, podrá ejercitar innumerables veces el juego de abrir y cerrar el escote al ritmo de las olas, el viento y los bamboleos del timón, al lado del capitán.
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